Así empezó: después de haber chapoteado en la nueva piscina de Malvina. Ella, muy sabiamente, hizo construir en el jardín de la casa de verano heredado de su padre una buena piscinita, en lugar de cambiar por sillas, camas y mesas nuevas aquellos muebles diseñados para enanos. Como han sido sus padres, ella misma (sin hermanos), y sus hijos. Los nietos probablemente ya no serán tan pequeños como su abuela. Los genes del papá, buen chileno, y de la mamá, judía de Europa Oriental, frágil y subalimentada, huida con la familia de uno de los pogromes de la época por algún buque majestuoso, en una época cuando los pilotos eran héroes o celebridades, y el océano era una enormidad, esos genes ya se han diluido por otros. Y no sufren hambre tampoco.
El sol brillaba, tuve que apretar mis párpados para proteger los ojos. El cielo extendido entre las cumbres áridas y rocosas era un azul profundo, y lo taparon parcialmente algunos pinos y eucalyptos polvorientos de mi vista. Yo ya quedé harta con las brazadas cortitas, que hize para no llegar tan pronto de un lado al otro. Muchos años atrás, cuando yo era chica, los veranos los pasé en las piscinas enormes de mi ciudad natal, y un mes, por lo menos, en el enorme lago de aguas suaves, que es el orgullo de mis coterráneos. Y allá, en la inmensidad celeste se nadaba horas, o kilómetros sin topar con unos adolescentes torpes, jugando como delfínes, o con pesados barcos de remo.
Sali de la piscina, y el aire fresco de las montañas de pronto hizo que mis músculos se apreten. Me sequé con una gran toalla, y me tiré en un viejo tumbón, de madera y de lino. Pues, entonces senti el picazón.